Cuerpos y Silencios

Maud Westerdahl

Estos cuerpos, o partes de cuerpos, que revela Maribel Nazco no admiten explicaciones, ignoran la anatomía y rechazan referencias concretas; su presencia es solamente imaginaria o poética. Así que entramos en paisajes corporales, a menudo femininos inventados, donde la forma es lozanía y dulzura, donde la sombra y la luz se acarician mutuamente en un silencio de atardecer donde el juego entro lo claro y lo oscuro crea volúmenesvivos suspendidos en el aire, en inmóviles vibraciones.
Estos cuerpos han tomado largos baños de luna, han flotado y nadado de noche en el interminable río de la Vía Láctea, han rodado para pulimentarse, en las vueltas del cielo. Venus los mira pero Eros no está aquí activo, alegre o conquiztador, es un Eros adolescente que descansa, medio dormido, con la mano suavemente posada en la curva de un brazo o de un vientre. El bien sabe de aquel elemento indispensable a la belleza, según André Bretón, lo erótico-velado. Parece un efecto que a travéz de un fino tul, de una cortina ligera de telaraña, que el ojo toma un misterioso contacto con las obras de Maribel Nazco.
Es extraña la elección de un material tan frío como el metal para expresar la dulzura reluciente; pero es verdad que a ninguna pintura se le podía sacar estos brillos vivos apagados, esta gama de sombras graduadas que parecen envolver los cuerpos en un silencioso bienestar, en una tibia desnudez sensual, pero casta y no sexual. Descanso de cutis, piel y músculos en estado natural; simple la belleza del placer de ser, sin deseos o en una calma semejante a la quietud de un árbol o al coro de las ranas en la noche; a la superficie de un lago o de una llanura. Pero, al fin y al cabo, de la misma manera puede vibrar inmóvil el mármol blanco, tan severo y frío en sí, en “el beso” de Rodin, la ingle o la nalga del David de Florencia, o en una escultura sorprendiente, vista en un rastro: el pie de la Pavlova calzado con su zapatilla de ballet, pie sensible y alargado, en cuya comba se sentía la posibilidad latente de la pulsación del baile, la llamada del ritmo y de la música. Ahí está la paradoja de Maribel Nazco. Duro metal, duro trabajo manual con sierras, ácidos, sopletes y pulidoras al servicio de un lujo que nuestro tiempo va olviodando: el de unas palabras en vía de desaparición, descanso, reposo, calma, al lento compás de la respiración en el sueño de la noche, la silenciosa felicidad de cuerpos inconscientemente seguros de sí mismos, de su propria existencia en el presente y fuera del tiempo.

Prefacio del catálogo de la Exposición Sala Boticelli. Las Palmas, 2 de noviembre de 1979