La múltiple y coherente creación plástica de Nazco

José Corredor-Matheos

Los acelerados cambios y las profundas transformaciones de nuestra época han tenido, como bien sabemos, evidentes consecuencias en el arte. Sin embargo, contra quienes han hablado del fin del arte o lo han previsto para el futuro, ¡cuando el hombre haya alcanzado plena racionalización! (extraña profecía, la de Mondrian), otros muchos -entro los que me cuento- consideran que todos esos cambios afectan a capas más o menos externas, incluso relativamente profundas, pero no a aquello que es esencial en el ser humano. Por ello, la contemplación, la considerasión crítica de la obra de arte no diferirá, en lo fundamental, de la arte del arte del pasado. La creación artística de cualquier clase constituye una exploración y una interpretación de la realidad, una creación de la misma realidad, en cierto sentido, y la apoximación que hagamos como espectadores buscará un goce y un enriquiecimiento semejante al que nos produzcan las obras del pasado.

La trayectoria de la mayor parte de artistas contemporáneos, sobre todo de los datos de más inquietud, es variable y a veces aparentemente contradictoria, como contradictorio es, en general, nuestro tiempo. Por ello, una exposición antológica o retrospectiva, como esta de Maribel Nazco, ha de mostrar  ciertos cambios, giros aparentemente bruscos, pero el conjunto ha de ofrecer, si se trata de un creador verdadero, como es este caso, un hilo sólido que todo lo una, una justificación de esos cambios, la sensación de que todo eso que tenemos reunido ante nosotros ha sido realizado por un mismo artista, que responde a una necesidad profunda, que ha sido hondamente sentido.

In my beginning is my end -en mi principio está mi fin- escribió el gran poeta Eliot en uno de sus cuartetos. En sus primeras etapas -dejando de lado si queremos lo que podría llamar balbuceos-, los artistas nos dan sus claves, enseñan ya sus cartas, que se revelarán acaso con mayor claridad en su última etapa. Luedo vendrán ciertas evoluciones, descubimientos que enriquecerán su bagaje y su producción, que pueden cubrir necesariamente y hasta ocultar aquellos primeros descubrimientos, pero lo que había de más profundo en éstos suguirá vivo, alentado todo lo que se realiza de acuerdo con nuevas -que serán también antiguas- necesidades.

La obra de Maribel Nazco expuesta aquí es perfectamente coherente. A primera vista podríamos afirmar que una de sus principales características es la atracción por las formas orgánicas y por las curvas con tendencia al círculo, que establecerá con el tiempo una confrontación -construcción con la recta. Esta inclinación se halla en conflicto con la necesidad de construir, que introducirá rigor geométrico. En la segunda mitad de los años sesenta anticipa ya las formas orgánicas, por el momento humanoides, que la caracterizarán más tarde. Ejemplos claros, y que marcan un curioso proceso de abstracción -concreción (abstracción de las referencias realistas y concreción de las formas resultantes) son las pinturas tituladas Ropa planchada (1967), Humanizar la máquina II (1969) y Humanizar la máquina IV (1969).

Esta inclinación por las formas redondeadas se mantenderá a continuación en los primeros momentos de la utilización de los metales con obras aisladas, como Tornillo objecto (1970), y, por algunos de los elementos insertados en construcciónes más amplias, Puzzle metálico I (1969), Abtracción con casco rojo (1970). La culminación de las formas orgánicas y del despligue de la curva se da, curiosamente, en las realizaciones metálicas con visiones fragmentadas del cuerpo humano, donde, para emplear palabras de inolvidable maestro Eduardo Westerdhal, ilumina el cuadro “con una luz que parecía tener escondida y de hecho lo es” y “nos propone una elevación de la materia ante el contagio de la luz, una poética de la sensualidad” 1

El desnudo ha sido siempre, en pintura y en escultura, un gran tema, acaso podría decirse que el tema básico, puesto que muchos paisajes nos recuerdan el cuerpo humano desnudo y ciertos bodegones, por la necesidad de autorretratarse del artista, adquieren carácter fisiognómico. La curva evoluciona con naturalidad a la vez que con sensualidad y nitidez, en espléndidos metales con desarrollos tan distintos como en Muslos (1978) y Espalda (1983), y en las realizaciones sobre papel, bellísimas también, Dibujo IDibujo II. “Los elementos del cuerpo como piezas aisladas y aislables, bloques formales, masas delimitadas, -ha escrito Daniel Giralt-Miracle- le permiten interrelacionar unos elementos plásticos con otros hasta conseguir aquella anhelada cohabitación de formas en el espacio que el cubismo analítico exigía de sus adeptos” .

En la segunda mitad de los años ochenta y en los noventa, los iconos urbanos muestran un predominio de la recta, con líneas paralelas de sentido vertical, que revelan la clara voluntad de firme composición que ha mostrado siempre. Como contrapunto, y de acuerdo con el tema urbano tratado en cada caso, seguimos viendo círculos, eso sí, ceñidos y bien justificados temáticamente. En momentos de claro predomino de la recta, proprios de la serie “Contenedores” se establecen diálogos de rectas y círculos como los que vemos en Contenedor rojoOjo de buey (ambos de 1990). Los “Contenedores” son de formas y líneas nítidamentedelimitadas y trazadas, y se aprecia un predominio del dibujo. En los años noventa, en cambio, en lienzos sin datar, reaparece el círculo llenando el espacio, como en Tapa cubeta y con el cilindro de Cubeta amarilla, y la recta, que mantiene mucha presencia, es flexibilizada y matizada por diversos tonos, y de un color que podemos llamar suculento.

Otro encuentro que se produce en el arte de Maribel Nazco es el de la realidad y la abstracción, en el que no voy a insistir, porque queda de manifiesto a lo largo de las restantes confrontaciones. Abstracción, como tal abstracción de la realidad, cuya referencia o vestigio suele ser claro, tanto en la ambigüedad neofigurativa de las pinturas  y en los collages de elementos industriales, ruedas y otras piezas metálicas tomados del mundo real de los años sesenta como en las formas orgánicas de la segunda mitad de los sesenta y en los casos de los “Contenedores” y las pinturas más recientes, donde la fragmentación de la imagen lo hacen posible y, me atrevería a decir, natural o cenveniente.

En general me parece interesante, como uno de los posibles enfoques, el de la consideración de la obra artística de sus contradicciones, frecuentemente eriquecedoras, y de otras confrontaciones. Es lícito plantearse hoy si hay muchas posibilidades de dar en el arte, válidamente, figuras reales enteras, salvo cundo tengan un carácter crítico o deformante que suponga, en sí mismo, una deformación. Vivimos en una sociedad en descomposición, en crisis permanente, donde todas las soluciones son discutidas y provisionales, e el arte, por más que sea capaz de superar los condicionamentos de su tiempo, ha de reflejar, aunque no se lo proponga -porque ha de proponérselo-, esa situación.

Las pinturas de Maribel Nazco de los años sesenta presentadas en esta exposición son visiones fragmentarias, con formas imprecisas y ambiguas, fluctuantes. Al igual que hará a continuación con los metales, no acertaremos a ver figuras enteras. El lenguaje es informalista y dan fe de los intentos de un nuevo acercamiento a la realidad, a travéz de una neofiguración. Fragmentos del cuerpo humano, metáfora de la realidad en su conjunto, serán, en los años sesenta, las realizaciones metálicas. Recordemos que, ya en 1970, ha realizado las obras citadas  Abstraccíon con casco rojoTornillo objecto, básicamente de aluminio la primera de dichas obras, y de acero la segunda.

Donde la fragmentación es, al tiempo que plenamente explícita, evocación más clara y nítida, realista, incluso, de una figura, es en la serie de los Metales”. Vemos aquí con claridad partes del cuerpo humano, si bien raramente podríamos decir a qué zonas pertenecen. Es interesante señalar que corresponden a encuentros entre partes distintas, bien ensambladas, revelando acaso, metafórica o de manera verdaderamente simbólica, que, lo mismo que el cuerpo constituye una perfecta unidad, que ha ser tratado como tal, incluso en sus visiones parciales, la realidad entera lo es también. En esta fase se da, con plena madurez y originalidad, una tan natural como rara coincidencia de realismo -incluso podríamos hablar de figuración: nada tradicional, por supuesto- y abstracción. Estas evocaciones del cuerpo humano están tratadas con gran suevidad, limpieza y sensualidad.

Las imágenes urbanas de los Contenedores” son igualmente fragmentarias. Unas veces porque no nos permiten conocer a qué imagen completa pertenecen. Otras porque extraen de ellas partes que nos remiten a un contenedor a los que alude el título de la serie, una puerta, una cuba, un muro, una compuerta o una escotilla. Ya sea del cuerpo humano o de elementos de la vida cotidiana, Maribel Nazco nos está hablando siempre del mundo real. Un mundo que es el resultado de la explosión del mundo tradicional, dividido hasta lo infinitamente pequeño y a cuya totalidad, por más que se hable de globalización, le es vedado al hombre de hoy, al artista de hoy, verle el rostro por entero.

Otra confrontación que se establece en el arte de Maribel Nazco es entre la pintura y el metal, a la cual me he ido refiriendo ocasionalmente. Celestino Hernández, que ha trabajado en profundidad la obra de esta artista, registra que “En 1969, Maribel Nazco trabaja por primera vez los metales, no como tema de inspiración, ya que éstos aparecían como protagonistas de algunos de sus lienzos anteriores de esta fecha, sino como material directo de trabajo, en grandes planchas”3. Posteriormente, temas metálicos pintados aparecen simultáneamente en algunos lienzos. Pienso, sobre todo, en las obras de la serie “Catástrofes imaginarias” Evasión (1971), con las rugosidades y tonos del hierro oxidado, y Lienzo verde (del mismo año), por sus brillos y la nitidaz de las formas. En 1968 ha introducido la plancha de hierro oxidado, con la intención de “Humanizar la máquina”, como se titula aquella etapa, y a partir de 1972 el acero, el latón y el aluminio.

Cuando empieza a utilizar materiales metálicos, simultáneamente, en algunos lienzos parecen evocarlos. Pienso, sobre todo, en las obras de la serie “Catástrofes imaginarias” Evasión (1971), con las rugosidades y tonos del hierro oxidado, y Lienzo verde (del mismo año), por sus brillos y la nitidaz de las formas. Tanto en esta serie como en la titulada “Metales” sabe valorar siempre los efectos propriamente pictóricos, con diferentes tonos, luces y sombras, que acercan estas obras a sus cuadros pintados con pigmentos tradicionales más de lo que cabría sospechar.

Las series de “Contenedores” y las obras realizadas en 1990, como las aquí expuestas, son ya pinturas al acrílico sobre lienzo o sobre papel. Pero el metal sigue presente, si bien que pintado, por los mismos temas tratados: contenedor, cubeta, tubo de conducción, ojo de buey, compuerta. Es momento de vuelta a la pintura, pero la atracción se matiene. Algo que muestra, como muchas otras de las características que distinquen la obra de esta artista, su coherencia y autenticidad.

Las pinturas de los años 2000 y 2001 que presentó en el pasado mes de mayo, con el título de “Iconos de la Ciudad”, son resultado y síntesis de un largo proceso. La ambigüedad, necesaria en todo arte, por la diversidad de niveles que ha de encerrar, es aquí manifiesta. Son, efectivamente, tan realistas como abstractas. Ofreciéndonos imágenes fragmentarias reconocemos en general elementos o partes de conjuntos que partenecen al mundo cotidiano. Curvas y rectas dominan espacios distintos, en cuadros diferentes, que pertenecen con toda evidencia a un mismo ámbito artístico. Se trata propriamente en todos los casos de pinturas -es decir, ejecutadas con las pastas pictóricas-, de un gran sentido plástico, con evidente gusto, fruición, sensualidad, en la aplicación de la pasta. Esta sensualidad, centrada en la materia misma pictórica, es la misma, en el fondo, que se manifestaba en los desnudos realizados con metal, que permitió hablar repetidamente de erotismo. Un erotismo, sin embargo, que como hacia notar Carlos Areán, “no crea ansiedad y resulta, a la postre, reconfortante”4.

Esta obra reciente sigue teniendo como tema el metal, porque, aunque pintados, metálicos son sus temas. A pesar de ello, lo orgánico está presente en su flexible geometría y es evidente el hondo sentimiento plástico. Maribel Nazco vuelve a mostrar con claridad las claves que reveló desde sus comienzos, incorporando la distintas experiencias proprias a una obra abierta y de gran claridad, con perefcto dominio de las técnicas y riqueza en sus desarollos conceptuales.

                                                                         

1. -Eduardo Westerdhal: “Maribel Nazco y su poética de la sensualidad”, El Día, Santa Cruz de Tenerife, 11 de mayo de 1979

2. -Daniel Giralt-Miracle; “El collage metálico de Maribel Nazco”, Prefacio al Catálogo de la exposición en la Galería de Arte Sarrió, Barcelona, 5 al 28 de junio de 1975

3. -Celestino Hernández: “Maribel Nazco y los metales”, Canarias 7, Las Palmas, 12 de diciembre de 1982

4. -Carlos Areán: “Escultopintura de Maribel Nazco”, Prefacio al Catálogo de la exposición en Galería Kandinsky, Madrid, 14 de octubre al 8 de noviembre de 1977.